sábado, 20 de octubre de 2007

Al otro lado del sol

Lleva horas sentada sobre el sofá donde tantas veces hicieron el amor. Sus manos frías, con los dedos entrelazados, abrazan sus piernas. Así, en defensiva posición fetal, mira hacia ningún lugar, con los ojos hinchados y a media asta. La pintura corrida y un par de mechones castaños caídos sobre sus pálidas mejillas.
Ya no quedan lágrimas, sólo suspiros y sollozos. Uno que otro escalofrío le recuerdan que está viva, pero no le importa. No quiere saber del mundo ni de cables a tierra. Arrancó los propios del timbre y teléfono antes de sentarse a llorar.
Él la ha dejado para siempre, aunque le prometió una vida juntos. Eso es lo que más le duele, que no haya cumplido su palabra y se haya ido, así, sin siquiera decir adiós. Sin un último abrazo, un último beso o al menos una explicación. pasan los días, sin noción de soles o lunas, no hay hambre, no hay sed. Sólo un vacío en el alma que no sanará ni volviendo a nacer.
Él se ha ido antes de pisar el altar, antes de poder habitar aquel hogar. Pero él también la espera, sabe que pronto la podrá abrazar, sabe que ese dolor y esa pena pasarán y sus destinos podrán eternizar. Ella se muere de pena. Él la espera con ansias. Lejos del todo. Al otro lado del sol...

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