Se paró en medio del cruce de los grandes bulevares, justo en la hora en que más gente pululaba. Dio tres vueltas en 360º, esperando el stop de una voz amiga, añorando la paz del abrazo ajeno, ansiando la sonrisa, la caricia, el susurro austero, cómplice, verdadero.
Pero éstos no llegaron y las vueltas retrocedieron. Y en el punto de origen la vista se hizo al cielo. Como un estruendo volcánico su voz se hizo trueno, y desde el fondo de su alma retumbó hasta los cerros, oprimiendo cada pecho que vagaba por el centro, contagiando a cada alma con el dolor de sus entrañas. Ensordeciendo, enmudeciendo, entristeciendo, nublando, opacando, apagando, acabando con esa metrópolis idiota, egoísta, indolente y desgraciada.
Pero éstos no llegaron y las vueltas retrocedieron. Y en el punto de origen la vista se hizo al cielo. Como un estruendo volcánico su voz se hizo trueno, y desde el fondo de su alma retumbó hasta los cerros, oprimiendo cada pecho que vagaba por el centro, contagiando a cada alma con el dolor de sus entrañas. Ensordeciendo, enmudeciendo, entristeciendo, nublando, opacando, apagando, acabando con esa metrópolis idiota, egoísta, indolente y desgraciada.

