martes, 18 de noviembre de 2008

Suicidasesinos...

Todos tenemos algo de suicidasesinos. Al menos todos a quien conozco han dicho alguna vez que se quieren morir o que matarían a alguien. Esa sólo idea que quizás nunca se concrete es una posibilidad, es la expresión de esa huérfana neurona que aloja los deseos más oscuros de cualquier mente. Concrétese o no, está ahí, es un latido más.
Ese domingo volvían a Santiago por la Autopista del Sol y el conducía a unos 140 kilómetros por hora . Era la hora del ocaso de un fin de semana grandioso con camping, fiesta y piscina. Nada lo podía nublar. Ni siquiera había congestión vehicular. Y mientras avanzaban por las curvas y adelantaban un auto tras otro, esa neurona se activó.
En una recta miró a su derecha y ella aun dormía, y lo hacía profundamente. El tablero marcaba 160 Km/h y la idea de desaparecer del mapa de una vez se hacía más fuerte. Miles de recuerdos se le vinieron como flashes a los ojos y por un segundo le inundaron la visión. Un parpadeo para escurrir la lágrima y nuevas curvas que lidiar. Sólo era cuestión de girar violéntamente el volante. Si lo hacía hacia la derecha, la barrera de contención sería su aliada para llegar a lo desconocido, a la luz o quizás la eterna oscuridad, mientras que a la derecha, el viraje podía ser tan violento que seguramente a esa velocidad se volcarían, pasando sobre la baranda hacia la quebrada y adiós…
La escena era perfecta, la prensa diría que perdió el control por alta velocidad o por somnolencia. Sólo ellos muertos, enamorados y juntos.
Pero aquí estoy escribiendo, meses después del ultimo arranque suicida. Canalizando en estas líneas los impulsos más negros de mi alma. No es un libro ni una película de acción, como hacen grandes creadores para depurar sus instintos, son sólo palabras al universo de un suicidasesino arrepentido.